Kid Koala, SonarVillage

 

Grande y Bonito Un Día en el Sónar

Sábado, 14 de junio de 2014. No pisaba el Sónar desde hacía 9 años. Estuve yendo ininterrumpidamente desde 1994 hasta 2005, y luego nada de nada (decisión propia, que conste). Así que para mí en este regreso todo ha sido nuevo (o casi). Una refundación, un renacer, con todas las letras, por dentro y por fuera, por arriba y por abajo. Y al margen sólo se queda lo que ellos no podrán controlar nunca, su clientela. Sigue siendo la misma, aparentemente más oportunista y menos ilustrada, y eso que el hedonismo no tiene que estar peleado nunca con el criterio. Pero ese pequeño detalle no creo que les preocupe mucho a ellos. Y bien que hacen.

 

Estuve casi todo el día completo (a las tres de la madrugada, más o menos, me retiré a mis aposentos, y eso que había entrado poco más allá de la una del mediodía). Ya tuve bastante, tengo las baterías llenas con un año vista. No fue una jornada agotadora, el hecho de desplazarse de una manera cómoda en todo momento ayudó a evaporar el cansancio que se iba acumulando puntualmente. Vayamos por partes, que el safari tuvo miga.

Sónar Village

La llegada al Sónar de Día fue menos crustie que en la vida anterior. Y la entrada, de lo más faraónica. El XXL se ha adueñado de todo, cosa que se agradece sobremanera. El look de lo que se puede ver es de lo más post-industrial que te puedas imaginar, lástima que la mayoría de las músicas que suenan de fondo (hablo del omnipresente muzak 4x4 anónimo que reina en el exterior) sea un EDM monocorde barnizado por una pátina de intelectualismo arty. Era el momento de intentar ver los paisajes cómodamente, y fijarlos en la memoria para futuros regresos durante la jornada. 

Nada más entrar te encontrabas a mano izquierda con el Complex. Demasiado técnico para mis entendederas. Vuelta al ruedo rápida, y salida por donde había entrado. Seguías, y ahí delante, enfrente, estaba el Village, que es verde por fuera, pero un horno crematorio por dentro, hasta que el dios Sol no se apiadaba de nuestra debilidad corpórea. Un verdadero patio de... (poner lo que os apetezca en los puntos suspensivos, todo vale) que te comunica con los puntos de interés (de derecha a izquierda) de la primera feria de muestras electrónicas que visito: Despacio, Planta, Hall, Dôme y Complex.

Despacio aún no estaba abierto. Hall estaba desperezándose (sólo la pared frontal de Bershka estaba iluminada), la Machine Variation yacía dormida en las penumbras del mausoleo de cemento, y aún no había descubierto la pared de Carsten Nicolai, Unidisplay, en Planta). Hacía fresco ya que apenas había gente paseando entre las sombras. Y directos al Dôme, residencia de la Red Bull Music Academy, donde actuaba la rusa Love Cult. Tonos azules para una discoteca del futuro pasado. Escenario coqueto flanqueado por dos pantallas simétricas (la nueva Santísima Trinidad de la música avanzada). Ése era el loop mántrico que viví durante unas cuantas horas.

En la segunda vuelta ya disfruté de los 36 metros de largo por 6 de alto, entre espejos para hacerlos parecer muchos más de lo que eran, de Nicolai en Planta; de la máquina de madera que hace música ruidomelodiosa de los canadienses Bernier + Messier; y del escenario de tonos rojos lynchiano del Hall (Sunny Graves nos hacía disfrutar en esos momentos), más majestuoso que el Dôme.

Despacio

Luego se añadió Despacio (el grán éxito del Sónar, sin duda alguna, y en una frase que leí ayer en Facebook veo el posible destino de esa magnífica instalación futurista de verdad: “¿para cuándo convertir en perenne lo efímero?”). 

El escenario que menos interés me provocó fue el del Village. El calor y la masa se complementaban en diferentes horarios para no estar pendiente de lo que se cocía allí (nunca mejor dicho). Encima la tontería de Kid Koala no ayudó en absoluto a que yo cambiara de opinión (aunque bajando de Despacio podías observar lo apabullante que es el patio de marras). Los espacios rojo (Hall) y azul (Dôme) son el futuro. Son grandes, cómodos, frescos y de buen sonido. El Village se quedará, me temo, en la zapatilla verbenera para todo el público no licenciado en música electrónica.

Neneh Cherry, Hall

Durante el día vi cosas sueltas, tenía que ubicarme, y además lo programado no me provocaba mucho interés (Neneh Cherry sólo me amarró dos temas), pero he de reconocer que se ha ganado muy mucho en todo. Sólo falta, según mi modesta opinión, equilibrar un poco más la programación (menos desconocidos, y algo más de contrastados, que aún hay muchos que no han pisado el Sónar). Olé por las instalaciones, creo que el festival por ahí tiene mucho campo donde crecer.

Comida en un chino, y cena a base de bocadillo de jamón serrano (todo hay que decirlo), sin tener que desplazarse muy lejos de la feria (y sin que te vacíen el bolsillo de manera descarada). Otro punto a destacar es lo fácil y rápido que te puedes desplazar del Día a la Noche (si vas en moto, claro), que fue lo siguiente al refrigerio castizo.

Massive Attack, Club

Y lo de la Noche ahora es mastodóntico, inabarcable y apocalíptico. Llegada justo cuando Massive Attack (Club) se ponía en marcha. Grupo no merecedor de la condición de cabezón de cartel visto lo visto. La poca emoción que hubo fue a base de trucos y pirotecnia, que se iban repitiendo de vez en cuando. Demasiados crescendos para tan poca chicha. El concierto del Palau de la Vall d’Hebron fue mucho más contundente y espectacular. 

De allí directo al Pub, donde empezaba a pinchar James Murphy. Sinceramente, ni fu ni fa, un mero entrenamiento antes de ver a Chic, que se iban a convertir en mi fin de fiesta. Sólo queda Nile Rodgers, pero merecía la pena verlo por primera vez. Chic me gustó mucho en su momento, pero ahora rozan la autoparodia, pero bueno, hay que ser indulgente, todos quieren su trozo de pastel, y él se lo merece tanto como el que más, es un superviviente con mayúsculas.

Future Brown, Lab

Como el Pub estaba en el fondo, para salir había que pasar por el Car (verdadero retrato del averno sintético mal entendido, donde estaba pinchando Uner frente a la pista de autochoques), el Lab (donde vi el remate de la actuación de Future Brown en un recinto que parecía que no tenía fin) y el Club (Rudimental acabó justo cuando atravesaba el enorme hangar, observando las caras felices de los presentes). La Noche nunca me ha gustado, pero había que probarlo otra vez más para saber qué es el Sónar de verdad.

Y luego, el silencio de la velocidad mientras regresaba en moto. Ya sólo faltan 365 días. Creo que el año que viene será mucho mejor.

/Luciano Alvarez