The Smiths

 

The Smiths 28 Años y un Día

Ayer hizo 28 años que se publicó The Queen Is Dead, el disco que más vendió en su momento de los cuatro que sacaron The Smiths, pese a no ser nº 1 en UK. El 16 de junio de 1986 también fue lunes, como ayer. Parece que el tiempo no pase, pero todos somos 28 años más mayores, y más jovenes a la vez. Un buen amigo de casi siempre, Carlos Zanón, lo explica mejor que nadie.

 

Odio la nostalgia.

Odio a los nostálgicos.

Odio a la gente que dice que no es nostálgica (pero lo es).

Odio a la gente que es nostálgica (y no lo oculta)

Odio a la gente patética que sigue vistiendo como cuando tenía veinte años, y ya lo era de patética.

Odio la Movida.

Odio a todos y cada uno de los grupos de la Movida.

Odio Avalon y odio a los Sex Pistols.

Odio todo lo bueno que no me gustó y todo lo bueno que me entusiasmó.

Pero no consigo odiarme cuando me gustan los Smiths.

Hay música que heredas por muy tuya que luego te la hagas. La nave alienígena se ha ido y te quedas con las señales indescifrables en el maizal, y tienes que volver al pueblo y explicar la experiencia, pero nadie te va a entender. Y hay otra música que te pilla cuando empiezas a tener el disco duro lleno, cuando tu formación emocional y estética ya está casi finalizada y tú, empezando a ser crionizado. Las compuertas de la nave se cierran y, en el mejor de los casos, ruedas y te cuelas. Te gusta esa cancioncilla, pero Kurt Kobain te importa más bien poco ¿no? Hay un vínculo especial con la música que nace, crece y muere al mismo tiempo que tú. En 1983 yo tenía 17 años.

This Charming Man. Mezcla Manchester.

This Charming Man. Mezcla New York.

Accept yourself.

Wonderful woman.

Ahí tenéis lo que quiero en la lápida: mi primer disco.

Morrissey y Marr. Otra vez la misma historia. El guitarrista geniecillo que no tiene huevos para coger el micro. El tímido exhibicionista que no tiene la más mínima posibilidad de hacer un fa con cejilla sin romperse la nuca. Dos amigos contra el mundo. Dos amigos que no podrían ser amigos sino fuera porque son mutantes y el universo es aburrido y nadie los esperaba. Dos amigos creando una música para los inadaptados de la Tierra, para los raros, para los que no podían ni querían ser Bowie, pero tampoco Elvis Costello. Tú, la música, y yo, la letra. Nada de videoclips, nada de solos de guitarra, portadas molonas, mitomanía invertida, sigue la línea de puntos. Muchas, muchas, muchas canciones en poco, poco, poco tiempo. Maxis como lps. Lps como cajones de sastre. Promiscuidad compositiva, desazón, una sensación de belleza barata, a anillos de plástico, besos no dados a quién los esperaba y necesitaba. Grandes imágenes, romanticismo deambulando por un alambre sobre un océano de cursilería y soledad asexuada. Morrissey es listillo e insoportable, certero y bocazas, pero solo él puede definir el instante de cerrar los ojos y no querer encontrarse en otro sitio que en ése en el que estás, y desear que un camión de dos toneladas te aplaste. Solo él. Marr es molón y toca la guitarra como una Rickenbaker de doce cuerdas, con ecos y acordes que sólo parece conocer él. Es un guitarra rítmica que vertebra canciones y melodías donde el cantante suele cantar otra canción, otra melodía, su contraria, pero también sin saber, cómo su némesis. El bajo de Andy Rourke ejerciendo de columna vertebral, la batería de Mike Joyce completaba el emplaste, una maquinaria arrolladora que uno sospechaba que sólo podía acabar de una manera: saliéndose de la vía.

No sé si fueron lo que yo pienso que fueron. De hecho odio las categorías.

Odio las clasificaciones.

Odio que lo de uno sea mejor que lo de otro.

Odio la belleza que se sabe hermosa, la que se busca, la que le viene dada.

Odio los discos perfectos.

Odio London Calling.

Odio todos los putos discos de Rickie Lee Jones.

Pero no consigo odiarme cuando me gustan los Smiths.

Y ya soy demasiado viejo para cambiar.

/Carlos Zanón, 2014

 

The Queen Is Dead

Cartel anunciador del lanzamiento de The Queen Is Dead el 16 de junio de 1986.