Tinseltown In The Rain

Lewis, L'Amour (Light In The Attic, 2014)

“El misterio es tan perfecto que sería una tragedia resolverlo”. Con esta genial frase cierra Stephen M. Deussner su reseña del disco que nos ocupa para Pitchfork. Ciertamente no le falta razón. La intriga que envuelve a este álbum es tan exquisita y enrevesada que le otorga un halo de romanticismo crepuscular delicioso. Los datos conocidos respecto a la autoría y grabación de este artefacto son pocos. Bajo el título de L’Amour fue registrado en 1983 en los estudios Music Lab de Los Angeles por un tal Randall Wulff que usaría el seudónimo de Lewis para firmarlo, con ayuda del ingeniero Bob Kinsey y el teclista Philip Lees, y editado en el misterioso sello R.A.W.. Los créditos incluían una dedicatoria a la supermodelo Christie Wrinkley. Lewis contrató al fotógrafo Ed Colver, célebre por fotografiar la movida punk de la Costa Oeste, pagándole con un cheque de 250 dólares sin fondos, y esfumándose para siempre. Veinticinco años más tarde el coleccionista Jon Murphy se hizo con una copia del álbum en un mercadillo de Alberta, Canadá, probable lugar de procedencia de Wulff  dado que allí es donde el cineasta Jack D. Fleischer, junto a Markus Armstrong, obsesionados con el álbum localizaron a un sobrino de Wulff que aseguraba que su tío había grabado diversos discos bajo distintos y desconocidos seudónimos, y que había perdido todo contacto con él desde hacía tiempo. Pese a tan sucinta información Lewis sigue siendo un fantasma y L’Amour un enigma, más allá de las voces que aseguran que se trata de un fraude o una broma. 

Ahora, gracias a la exquisita discográfica Light In The Attic este disco se reedita más de treinta años después en una lujosa edición que permite que la música de este bizarro, pero genial álbum, esté a nuestro alcance y hable por ella misma más allá de conjeturas espacio-temporales. Se trata de un disco espectral, suave, crepuscular e íntimo. Sus composiciones se basan en sintetizadores que flotan en el espacio, guitarras acústicas y voces susurrantes e ininteligibles. Algo así como un cruce entre un soundtrack de Badalamenti para Lynch, el Nebraska de Springsteen y los The Blue Nile más intimistas. Una delicia auditiva que masajea la mente y hace volar nuestra imaginación hacia anocheceres en un Los Angeles ochentero con reflejos de luces de neón, palmeras agitadas por la brisa y descapotables circulando cerca de la costa. Puro delicatessen sonoro envuelto en un halo de misterio que lo hace sin duda perversamente atractivo e irresistible. 

Albert Masferrer