Límite Radioazulado

Javier Hernando, Límite Radioazulado (Urafonia-Geometrik, 2015)

No es la facilidad para la autopromoción uno de los rasgos que caractericen a Javier Hernando, y probablemente sea ésa una de las razones por las que su nombre y su música no se conozcan más allá de un pequeño círculo de amistades y aventureros. Otra razón que se me ocurre: por estos lares estamos acostumbrados a músicas que te acarician la cerviz, y luego te dan unas palmadas en la cabecita. “¡Buen chico! ¡Ahora corre a por la pelota!” Puede que tan efímero premio sea suficiente para algunos, y también yo lo agradezco de vez en cuando (¿a quién no le gusta que le acaricien la cerviz?), pero en el largo recorrido son otras las sensaciones que de verdad perduran, otras las músicas -y las actitudes- que recompensan de forma más duradera, y en esa categoría se encuentra la de Javier Hernando.

Límite Radioazulado es, que yo conozca, el tercer disco de una discografía que abarca también varias cassettes, temas sueltos en recopilatorios más o menos ignotos, y el álbum de su antiguo grupo, Xeerox, grabado en la frontera de los 70 y los 80, y publicado en vinilo hace pocos años en/por el sello Anòmia. Una primera escucha mueve a pensar que la música de Javier no ha cambiado sustancialmente en los años transcurridos desde sus dos cds anteriores, pero sí lo ha hecho, y posteriores audiciones lo desvelan: se mantiene el estilo, bien asentado no en el inmovilismo sino en la certeza de lo que se quiere hacer, y varía el tono. Puestos a jugarnos la baza de las comparaciones, que es algo que reduce y simplifica, pero a la vez ilustra, a uno le parece que este disco toma distancia de lo que grupos como Oval, Microstoria o el propio Hernando hacían a mediados y finales de los 90 para adentrarse en los ambientes lóbregos, opresivos, y al mismo tiempo reconfortantes, como flotar al margen de todo en la cómoda nada del útero materno, de Arcane Device, Zoviet France y Hafler Trio.

La de este disco es música atmosférica, la clase de atmósfera que debe reinar en una cueva cuya humedad ambiental está ligeramente electrificada, y junto a las paredes se alinean extrañas máquinas de aspecto antiguo cuyos zumbidos, tintineos y luces parpadeantes en la oscuridad evidencian un funcionamiento que debería haber cesado décadas atrás. El borroso fantasma de un área fabril abandonado visto bajo los efectos de la morfina, o tal vez soñado en el interior de un tanque de aislamiento. Una capa gaseosa que te envuelve, inadvertida, y de la que sólo nos percatamos cuando desaparece, dejando alrededor un vacío perceptible, pero difícil de explicar. Música para emprender viajes hacia el interior, en definitiva. Escuchar Límite Radioazulado a oscuras y con los auriculares bien ceñidos es como girar los ojos 180 grados dentro de sus cuencas, y observar que dentro de tu cráneo existe un espacio insondable cuyos límites ni se vislumbran. Alucinaciones auditivas para esos momentos en los que el mundo no parece tan real como lo imaginado.

Jesús Brotons