Hipnotrónica

Automat, Automat (Bureau B, 2014)

Jochen Arbeit andaba hace escasos meses por Barcelona haciendo cosas que a un servidor le merecen el mayor de los respetos, como ofrecer conciertos de pequeño formato en salas de aforo reducido (y en las que aún sobraba espacio; por estos lares seguimos sin ligar ni media) y trasegar cerveza en volúmenes discrecionales. Cosas cabales. Lástima que por una cuestión de sincronía desplazada (falta de coincidencia, vamos) éste que lo es no escuchara el primer álbum de Automat, el grupo en el que Jochen maneja guitarra y maquinejos, hasta hace relativamente poco. Sin duda me habría acercado a él presto a ponerle otra cerveza en las manos, caso de que las tuviera libres, y le habría dicho que el disco es bueno, por momentos hasta muy bueno, y que lo que él y sus dos compinches han logrado con su orgánica mezcla de Can, electrodub, minimalismo repetitivo y progresiones funk debería gozar de un éxito mayor del que me atrevo a augurarle. Automat, el disco, es cojonudo, y ojalá me equivoque, pero está destinado a pasar desapercibido entre el continuo marasmo de ediciones que a diario se nos viene encima. Demasiado elegante. Muy a su aire. Nada condescendiente. No es lo que vende.

Lo primero que llama la atención en una primera escucha son los temas cantados, pues son Lydia Lunch, Genesis P-Orridge y Blixa Bargeld quienes prestan sus vocecitas. Contagiados tal vez de la atmósfera (relajada, sofisticada, como de pista de baile futurista a las horas en que acaba la noche y el público ha agotado sus energías, pero no el ánimo; todo el disco es así), los tres se nos presentan en su faceta menos histriónica, que siendo quienes son ya es difícil. Más que cantar, Lydia habla y susurra como lo hacía Damo Suzuki cuando le bajaba la adrenalina en un tema de influjos dub; Genesis emplea una cadencia que recuerda a la del cantante de los Residents en un corte ambiental que es más una ensoñación que una canción; y Blixa pone su dicción cortante al servicio de una pieza que bien podría ser, o a mí me lo ha sugerido, una remezcla ondulante y triposa de alguna canción del Future Days de, una vez más, Can. El resto del disco, cuatro temas instrumentales, basculan entre el dub onírico a lo Jah Wobble y un funk de ático lujoso del Nueva York de los años 80, ese tipo de música que está ahí, no se impone, flota a tu alrededor y, cuando te quieres dar cuenta, ya se te ha metido dentro y lo llevas instalado en los pies y el bulbo raquídeo durante días. Lo dicho, un disco estupendo. ¡Jochen, vuelve pronto! Te debo una cerveza.

Jesús Brotons