Broadwalk Tales

Fluxion, Broadwalk Tales (Echochord, 2014)

Le tenía un servidor extraviado a Konstantinos Soublis desde tiempos lejanos, casi heróicos; en concreto, desde que a finales y comienzos de milenio me aterrizaran los dos Vibrant Forms, un disco sencillo y otro doble, que elucubraban lo que Cluster habrían hecho de nacer en Kingston y ser amamantados con biberones de codeína. Eso al menos me pareció a mí. Eran aquellos sendos álbumes que, fieles a las constantes del sello Chain Reaction, proponían una visión del dub tan cósmica como motriz. Anegados en una nube de ecos interminables y reverberación espesa cual el más espeso puré, provocaban al oyente predispuesto un semicoma en el que el único signo vital era un involuntario movimiento de un pie. Bien tumbado, no era una mala sensación. Lo más reciente de Fluxion avanza en una dirección prácticamente idéntica, si bien prescinde de cualquier elemento de electrónica con trasfondo europeo para sumergirse y quedarse ahí, en un dub que, más que ambiental, se me antoja amniótico: Broadwalk Tales (me) suena como los discos de Rhythm & Sound o, en una línea paralela, Pole, en tanto que al igual que aquellos Konstantinos embebe unos pocos elementos en extracto de reverberación, los dispone en forma de canción y deja que se fundan entre sí, convirtiéndose en un escabeche atmosférico sobre el que planea la voz de Teddy Selassie, cantante a lo Tikiman cuya cadencia aquí es la de un hombre que se lamenta de que le hayan abandonado Jah, su mujer y su perro. Sería fácil acusar a Fluxion de inmovilismo visto lo poco que ha cambiado su música en quince años, pero para qué hacerlo cuando es precisamente carencia absoluta de movimientos lo que ésta induce, y para bien: tres lustros después, me encuentro de nuevo tumbado en el sofá, de vez en cuando alzando un párpado, convertido gracias a Fluxion en un perezoso guiñapo que, indolente, observa cómo se agota el día. La sensación es tan placentera como la recordaba.

Jesús Brotons

Fluxion - Broadwalk Tales