34 Ciberia

Jesús Brotons / Foto Eduard Tuset

 

Jesús Brotons

“Hablamos de un individuo fumador y carnívoro, que no entiende de fútbol, y rara vez mira la televisión. Que gusta de escuchar (¡y hacer!) a horas intempestivas música (Honcho, Popular 66, Música Veneno y Sons Of Bronson) que nada tiene que ver con lo que el pueblo soberano entiende como tal. Acapara discos con pasión digna de mejor causa. Y, lo que es peor, pone por escrito sus impresiones en varias publicaciones (Self, Dinamo, Transversal, Ruta 66, Rock & Clássic, Rock Sound/Rock Zone, Very Metal, Vice), quizá con objeto de que las mentes jóvenes se obnubilen definitivamente, perdiendo así la gente joven una oportunidad de oro de hacerse ciudadanos de provecho".


"Ser un tipejo en una ciudad-escaparate donde las personas han sido convertidas en maniquíes y las palabras deben medirse con cuidado so pena de ser condenado a la marginalidad no es una bicoca. Acaso eso explique que Jesús Brotons, a su edad, siga ocupando su tiempo acaparando discos que no se anuncian en televisión, contextualizando en sus artículos hechos inanes y haciendo ruidos que pocos, muy pocos, disfrutan. En definitiva, yendo a la suya”.

 ¿Qué hacías en 1995?

Recuerdo que en esos tiempos se me había metido en la cabeza implicarme más en una escena musical de la que hasta entonces había sido partícipe únicamente como espectador. Uno era joven e impresionable, y en su bendita candidez pensaba que algo habría que pudiera aportar. Imagino que todo el mundo piensa así a ciertas edades. Puse manos a la obra, y además de entrar a formar parte de un grupejo de ruidos raros (o así me lo parecían; resultó que tampoco eran tan raros, porque precedentes siempre los hay) me puse a colaborar con Self, en un principio con la intención de conocer personalmente y dar visibilidad a la gente que más me interesaba. Con muchos de esos músicos entablé una amistad que todavía hoy conservo. En este sentido, 1995 fue para mí un año importante.

¿Y actualmente?

Sobrevivo como puedo. Self me sirvió para velar armas, desbastar mi escritura y ganar confianza, y todo eso me sirvió de mucho en mi devenir posterior. Lo que pasa es que el mundo editorial en este país tragicómico es el que es (digámoslo: lamentable), y además puede que yo no haya sabido venderme tan bien como otros, a los que el cielo colme de bendiciones. Por esas dos razones, en los últimos años he ido rebotando de un sitio a otro sin saber a ciencia cierta si es que uno es demasiado excéntrico para los tiempos que corren, si estos me han dejado atrás o si quizá, sólo quizá, en algún momento me desvié del camino que los hados me tenían reservado, y sólo ahora descubro que me he extraviado. Días de gran confusión los que vivo en 2014.

¿Qué planes de futuro tienes?

Con un canto en los dientes me daré si algún futuro tengo. Hoy por hoy prefiero no hacer planes a largo plazo porque demasiadas variables me encuentro a diario como para pensar que un plan a tiempo vista vaya a cristalizar como uno espera. Raras veces sucede así. Digamos que estoy en un compás de espera, y que el futuro ya lo reconoceré cuando se presente. Y ojalá tenga margen de maniobra para reaccionar en consecuencia.

¿Cómo ves tu pasado?

Como cada quisque ve el suyo, supongo: magnificando los errores y restando importancia a los aciertos. En la memoria tienden a enquistarse, por encima de todo, las meteduras de pata, y los movimientos positivos tienden a convertirse en relativos. Pero no tiene sentido lamentarse por hechos del pasado; es más pertinente preocuparse por los que atañen al presente, porque son los que van a sentar las bases del futuro, si lo hay. Mi pasado lo veo, o lo quiero ver, como algo práctico: como un catálogo de hechos y acciones útiles como referencia para afrontar situaciones similares que se me presenten hoy. Si el ejemplo de aquellos me sirve para salir hoy con bien de alguna situación análoga, pues habrán valido la pena cualesquiera que fuesen entonces las consecuencias. Y si persisto en el error… al menos habré confirmado una vez más mi burricie innata.

¿Qué escuchabas en 1995?

A los Residents, de forma obsesiva/compulsiva, y a la plana mayor de la escena ‘rara’ de San Francisco: Tuxedomoon, Z’ev, Chrome. Grupos ingleses tampoco muy cuerdos, como Renaldo & The Loaf. Grupos y proyectos de aquí, como Superelvis, Macromassa y Esplendor Geométrico. Y siguiendo la cuerda de la primera hornada de música industrial, la de Throbbing Gristle, Cabaret Voltaire o SPK, y la segunda, encabezada en mi lista personal de favoritos por Whitehouse, Sutcliffe Jugend y Vivenza, estaba justo entonces adentrándome en el ruido extremo a la japonesa. Recuerdo que las primeras cosas que oí de Merzbow y Gerogerigegege no me convencieron nada, y no les encontré ni pies ni cabeza. Más adelante, perseverando, si les encontré el gusto y el sentido. Tanto, de hecho, que acabé enrolado en un proyecto ruidista, Sons Of Bronson, con el que abrí conciertos para Masami Akita en dos ocasiones. ¡Las vueltas que da la vida!

¿Y ahora?

Tres cuartos de lo mismo, soy un ceporro y no he evolucionado nada. Escucho los discos que siempre me han gustado de los viejos ruidistas, me mantengo atento a lo que hoy en día tienen que decir (que, en la mayoría de los casos, sigue siendo mucho) y sigo indagando en lo que se hacía en el panorama electrónico de finales de los 70 e inicios de los 80. Una época que, para mí, nunca se ha superado, ni en imaginación ni en echarle narices. Investigo asimismo la retroelectrónica de los años 60, otro campo especialmente fértil, y las bandas sonoras de las películas de terror y ciencia ficción de serie B de los 80; a los compositores les pagaban con un mendrugo de pan, y en un par de horas, y con dos teclados, se las arreglaban para crear unas atmósferas alucinantes. Y todos los días escucho a mi vecino de al lado, que tiene que alzar mucho la voz porque su madre está sorda.

¿Cuál fue tu primer disco de electrónica que escuchaste/compraste?

Con casi total seguridad puedo afirmar que el primero que escuché fue el Devo Live, aunque en el mismo marco temporal situaría el Alas Sobre el Mundo de Aviador Dro. También tengo un vívido recuerdo de escuchar en esos tiempos, inicios de los 80, el single Landschaften de Líneas Aéreas, y algo más tarde, de quedarme literalmente acojonado con Terminus, un tema del primer disco de Psychic TV. El primer disco electrónico que compré con mis ahorrillos posiblemente fuese el Freedom of Choice de Devo, aunque antes de eso, en 1983, ya había pedido que me regalaran por mi duodécimo cumpleaños la caja Síntesis: la Producción al Poder de Aviador Dro. Menos el de Psychic TV, que me desapareció, todos esos discos aún los conservo.

¿Y el último?

En el momento de responder a este cuestionario el más reciente que haya escuchado (en el sentido de dedicarle atención, no simplemente de ponerlo de fondo mientras lavo los platos) es Selected Studies Vol. 1, el disco que han grabado al alimón Hans-Joachim Roedelius y Lloyd Cole. Vaya una extraña pareja. Que haya comprado, no estoy ahora muy seguro, puede que Hey! Bob! My Friend! de Polysics o la reedición en vinilo del Recuerdo Espectral de un Viejo Decorado Eléctrico de Xeerox (aunque es más punk cacofónico que electrónica propiamente dicha), o el The Lost Tapes de Rodion G.A. Entre esos está. Últimamente no compro tantos discos como me gustaría…

¿Prefieres live o sesion?

Directo, por supuesto. En este aspecto estoy chapado a la antigua. Eso sí, concedo que hay directos deleznables y sesiones excelentes. Si he de elegir entre un directo de pacotilla y una buena sesión, me quedaré con la sesión. Y también preferiré siempre una sesión entretenida antes que el ‘directo’ aburridísimo del típico tío ensimismado detrás de un laptop. ¡Anda y que te ondulen, pasmarote!

¿Músico o dj?

A veces ambos coinciden, como es el caso de Christian Marclay o Anki Toner con sus directos basados en la manipulación de discos a tiempo real. Con este especimen me quedo. Puestos a diferenciar, pues me quedo con el músico antes que con el dj; eso sí, remitiéndome a la respuesta anterior, hay músicos abominables y djs estupendos, y en ese caso me quedo con el dj. Aunque también depende mucho de lo borracho que yo vaya.

¿Qué concierto/sesión destacas en estos últimos 19 años?

Jopé. Diecinueve años. Es difícil responder… A bote pronto, y quizá porque lo conservo fresco en la memoria, el concierto de Devo en el Primavera Sound de 2008. Para mí fue especial porque tuve la oportunidad de conocerlos antes de la actuación, les hice una entrevista, superé mi récord personal de patochadas cometidas en sólo diez minutos, y culminé viendo el concierto encima del escenario, en un lateral, a pocos metros de ellos. ¡Una noche memorable! También el de Esplendor Geométrico en la sala Apolo en 2009. Todo y con ser bueno, quizá no fuese el mejor de los conciertos, pero a mí me invadió una sensación de euforia por estar viendo a los míticos Esplendor ¡en pleno 2009! También fue espectacular el numerito que en vivo y en directo, ante los ojos del público, montamos Sons Of Bronson cuando en 2006 teloneamos a Merzbow en Bilbao. Al día siguiente Philip Best nos dijo que éramos “muy rockeros”. ¡Es lo que tiene el bourbon, amigo Philip!

¿Un grupo?

¿Uno solo? Los Residents.

¿Un dj?

Uno no, tres: Marc Piñol, Zero y Coco. Porque me gusta lo que pinchan, cómo lo pinchan y porque me honran con su amistad.

¿Un club/sala de conciertos?

No puedo opinar. Muy rara vez voy a clubs o salas de conciertos, a estas alturas me siento incómodo y fuera de lugar. En general, clubs y salas son lugares desagradables donde la música importa un pimiento y lo único que cuenta es el número de consumiciones que has trasegado previo pago en barra. Te sientes (yo, al menos) constantemente observado y bajo sospecha; volver a entrar si por lo que sea has salido un momento implica tener que dar mil explicaciones a un berzotas perdonavidas, o dos (y a veces ni por esas accedes), y el ambiente, en muchas ocasiones es inhóspito tirando a hostil. Si tuviera que mencionar dos locales en los que sí me he sentido cómodo en el pasado serían el Fist Bar! y Abaixadors 10. Ambos en Barcelona, y por desgracia desaparecidos ya hace mucho.

¿Un sello discográfico?

Sin distinción de pasados y actuales, muertos y enterrados o vivos y coleando: Mille Plateaux, Force Inc, Warp, Rephlex, Extreme, Trente Oiseaux, Susan Lawly, Sub Rosa, Plate Lunch, Tzadik, Mute, Hazard y La Olla Expréss.

¿Tu tienda de discos?

Discos Revolver. Entrar en Revolver y no comprar es como ponerse un condón y no follar.

¿Tu estilo musical?

¡Mejor cuanto más raro! En ocasiones me apetece algo sencillo, como a todo el mundo, pero por regla general disfruto más tratando de desenmarañar discos intrincados, esos cuya escucha de principio a fin supone un pequeño desafío. También me tira mucho la intersección entre tecno e industrial que se dio a finales de los 70 e inicios de los 80, la cold wave, la música industrial de viejo cuño, el power electronics, el gabber sin melodías y el ruido sin paliativos de escuela japonesa y, en parte, norteamericana. Aunque, por supuesto, en lo que escucho acaba teniendo mucho peso mi estado de ánimo y cómo se está desarrollando el día. En ocasiones no escucho nada.

¿Qué opinas del dance?

Pues nada, no sé qué hay que opinar. El dance está ahí para quién lo quiera, como cualquier otro estilo musical. Por sí mismo, el dance no tiene nada de bueno ni de malo. A mí, personalmente, no me interesa, pero existe y así hay que tomarlo. Eso sí, El Tiburón de Proyecto Uno sigue siendo uno de los grandes temas de la historia.

¿Vinilo, cd o mp3?

Y cassette, dat, minidisc y cinta VHS. Todos, ¿por qué no? Mientras sirvan para escuchar música, todos los formatos son fantásticos. Dicho esto, normalmente escucho cd en casa, mp3 cuando estoy fuera, y los vinilos, como a decir de los expertos son tan cálidos, los utilizo para arroparme por las noches.

¿Qué medios musicales leías/lees?

En su momento The Wire la compraba todos los meses. Ruta 66 la compré durante muchos años, ha sido, con diferencia, el medio que más me ha marcado: todavía hoy repaso ejemplares de hace 20 ó 25 años porque siempre encuentro artículos cojonudos de los que no me acordaba. Rock Sound y su descendiente, Rock Zone. Very Metal, entre otras razones porque en un 75% la hacía yo. Terrorizer, hasta que me cansé. En la actualidad me dedico a buscar revistas y fanzines musicales antiguos, ya en plan coleccionista. Es lo que más tiendo a buscar cuando voy a ferias, tiendas de discos y librerías de viejo. Tengo un buen montón, y me divierto lo indecible cotejando lo que algunos periodistas decían hace tres décadas, y lo que dicen ahora.

¿Te interesa la literatura que ha generado la música electrónica?

No especialmente. Algunos libros he comprado, pero información que no tuviera previamente encuentro poca, y determinada hojarasca intelectual/pedagógica me aburre. Además, me he encontrado muchos casos de músicos que me han desmentido rotundamente tal o cual cosa que alguien ha santificado urbi et orbi en un libro. Lo bueno de escribir en algún medio es que tienes acceso a las fuentes originales, que son las que valen.

¿Vas a algún festival?

Iba al Primavera Sound cuando solía tener acreditación de periodista. Ahora que soy un pelacañas, y el dinero no me sobra, pues no creo que vaya. El caso es que no acostumbro a frecuentar festivales. Me agotan, y verme rodeado de tanta gente (y de tanto pechamen joven y prieto) me desquicia. Prefiero ir a conciertos puntuales, ver una o dos actuaciones, y después irme a mi casa, a la porra o dónde toque.

¿Qué opinas de la escena electrónica nacional del 95?

Pues que era reducida, pero satisfactoria. Quién más, quién menos, todo el mundo se conocía, aunque sólo fuese de vista, y eso propiciaba un contacto más estrecho, un saber mejor de qué pie cojeaba cada uno y un intercambio más fluido de comunicación. Hablamos de un año en que para hacer electrónica hacía falta algo más que un ordenador y un puñado de plug-ins. Había que arremangarse, acarrear sintes y tocar físicamente las teclas. Qué tiempos, ¿eh? Existían los ordenadores, por supuesto, pero eran arcaicos en comparación con lo que se estila hoy, el Internet doméstico estaba en mantillas, para ver a los grupos había que desplazarse ¡al local donde tocaban! y todo quisque se las tenía que ingeniar para conseguir unos resultados que ahora casi vienen predeterminados. A los electromúsicos de ahora les suena a chino términos como “SYSEX” o “pista de sincronización”, y puede que tampoco les haga falta, pero no dejo de pensar que con tantas facilidades algo se ha perdido.

¿Y de la de 2014?

Hay mucha variedad, y mucha cantidad, tanta que me pierdo. Lo confieso, no estoy tan al tanto como antes de lo que se cuece. Ahora todo el mundo hace música, o algo que pasa como música… A tenor de lo que decía en la pregunta anterior, con Internet y los ordenadores portátiles, y el resto de los aparejos, todo el mundo se monta su proyecto, también yo, y todo y con ser esto positivo (¡por supuesto!), tengo la impresión de que a veces la maleza no nos deja ver el bosque. Bien pudiera ser que me he vuelto un poco descreído, pero a mi modo de ver faltan personalidades y grupos con cara y ojos, con una base sólida y algo de sana ambición, y andamos quizá sobrados de proyectos efímeros, cuya única razón de existir es afirmar “aquí estoy yo”. En otro apartado, me gustaría aplaudir los esfuerzos de unos cuantos sellos que han apostado por recuperar sonidos antañones que en su día aparecieron en cassettes y discos de edición limitada, que los degustaron cuatro gatos, y que en la actualidad se demuestran más frescos y relevantes que gran parte de lo que se hace hoy en día. Mis respetos a Doméstica, Atemporal, La Olla Expréss y el cuerpo de exhumadores de Munster.

¿Qué opinas de la 'crisis' de la industria musical y su incierto futuro?

Que la industria musical sufre crisis periódicamente desde hace casi un siglo, y ya no se las cree nadie. Yo, al menos, no me las creo. La radio iba a acabar con las orquestas, el fonógrafo iba a terminar con la radio en vivo, el cine iba a destruir el teatro, el televisor iba a poner fin al cine, grabar en cassette estaba matando a la música y era ilegal, el mp3 perjudica gravemente a su salud... Las plataformas de escucha online impulsadas por la gran industria me la soplan con la fuerza de un ciclón, y quizá eso me convierte en un individuo sospechoso, un antisocial que no se lucra, pero tampoco favorece que otros lo hagan... Tengo por seguro que la industria musical en su conjunto seguirá ahí, tratando de vendernos algo hecho hace décadas o la última piltrafa de actualidad, cuando todos estemos muertos y enterrados.

¿Qué destacarías en el mundo de la música en estos últimos 19 años?

Que la gente, en general, está de música hasta la polla. La música está omnipresente en todos los ámbitos de la vida, incluso en aquellos en los que no se necesita o no es bienvenida, y ha perdido magia, mística y valor. Los más viejos del lugar recordarán los tiempos en los que comprar, desprecintar y poner por primera vez un disco era casi una liturgia. Se le otorgaba un carácter casi de acontecimiento; la música era importante porque era una piedra preciosa y había que remover cielo y tierra para localizarla. Ahora está a un clic o dos de distancia, suena constantemente hasta en el colmado del barrio, la llevan a toda caña los chavales en sus móviles, hay música hasta en la sopa... y a veces uno se descubre intentando huir de ella, porque no la ha pedido, porque desea estar en silencio, porque la sobreabundancia genera desinterés y hastío. Esto destaco de la música en los últimos 19 años: que hay demasiada, que su presencia es intrusiva, y que contra su tiranía nada sutil poco se puede hacer salvo reventarnos los tímpanos con una aguja de tricotar.

¿Qué triunfará musicalmente este año?

La mierda de siempre.

¿El futuro de la música está en la electrónica, o en otro estilo?

No, hombre, el futuro de la música está en las individualidades, hagan electrónica o lo que sea. En el meollo de las cosas siempre están las personas, y el futuro de la música será el mismo que el de ellas. Por otra parte, es difícil diferenciar entre música electrónica y música que no lo es. ¿Quién no usa utillería electrónica hoy en día para componer, tocar o grabar? ¿Qué tanto por ciento de utilización de cachivaches confiere a una música el carácter de electrónica? Los guitarristas modifican el sonido de su instrumento con pedales de efectos desde el principio de los tiempos (del rock). Las fronteras están cada vez más difusas, tanto que prácticamente han dejado de existir.

¿Un músico vale más que 100 djs, o viceversa?

No, pero como dije una vez, dentro de cada músico hay un periodista frustrado. Ojo al matiz.

¿El futuro ya estuvo aquí o seguimos en la Edad Media?

En algún momento de nuestro pasado inmediato, el futuro nos pasó por encima, arrollándonos sin que siquiera nos diéramos cuenta; se alcanzó a sí mismo, dio una vuelta completa, y ahora se persigue su propia cola. Y nosotros, impotentes ante él, papando moscas. El futuro no era esto, o no se suponía que fuese a ser esto. Si el siguiente futuro que nos va a tocar vivir se parece al que ya hemos vivido, antes que en la Edad Media, yo, de ser posible, preferiría vivir en la Edad de Piedra.


 

John Foxx, Metamatic (1980)

Nadie podría hoy poner en discusión la capital aportación de John Foxx al devenir de la música electrónica popular, pero no siempre fue así: tachándolos de planificado montaje, la prensa de su país, siempre a degüello, tomó a Ultravox! por el pito del sereno durante todo el primer tramo de su carrera, el más interesante a mi entender, para luego acusar a Foxx, que iniciaba vuelo en solitario, de perseguir la estela del exitoso Gary Numan, cuando era justo al revés, como el mismo Numan, admirador confeso, nunca tuvo pegas en admitir. Cierto, se le negó a Foxx el pan y la sal durante años, pero poniendo las cosas en perspectiva no cuesta imaginar a la prensa de 1980 rascándose perpleja la mollera ante el romanticismo taciturno, la minimalista simplicidad y la frialdad de neón, plástico y aluminio de Metamatic, disco del que hoy sabemos su enorme influencia posterior, pero que entonces apenas conocía referentes; Cluster, Conrad Schnitzler, el Low de Bowie, los inevitables Kraftwerk, acaso los primeros Human League… no mucho más. Con todo, su antecesor directo no es otro que el tercer álbum de Ultravox!, Systems Of Romance, que, con producción e influencia de Conny Plank –inconmensurable piedra angular de buena parte de la electrónica alemana más exploradora–, sienta las bases no ya de Metamatic, sino, posiblemente, del cese y fuga en solitario de Foxx. Discos consanguíneos, Metamatic muta la corporeidad de Systems… por el esquematismo, por una construcción a base de alambres y cables; en temas como Plaza, He’s A Liquid, Metal Beat o Underpass, Foxx edifica, más que canciones, los armazones de ellas, prescindiendo de cualquier elemento superfluo, e incluso de alguno a priori necesario. Es Metamatic un disco de seres anónimos en alguna inhóspita, monstruosa ciudad sin nombre, de neones que al pasar permanecen en la retina unos segundos como fugaces fantasmas lumínicos, de coches que pasan por solitarios pasos subterráneos, de habitaciones vacías: identifica y refleja la confusión y la alienación que produce el vivir en una gran urbe, rodeados, pero solos, el no tener boca y querer gritar. Por supuesto, esta última es una referencia a Harlan Ellison –bien ahí, leídos que son ustedes– aunque tal vez fuese mejor decir que Metamatic es la novela que Ballard, por desgracia, nunca llegó a escribir, y que anticipa los mundos que William Gibson aún tardaría años en plasmar. Foxx, termino ya con las referencias literarias, era en la frontera entre los 70 y los 80 un forastero en tierra extraña; refugiado en sí mismo, creó un disco profético y perenne, alienígena todavía hoy, y no superado ni siquiera por él mismo. Búsquenlo si aún no lo tienen, a poder ser su reedición en doble cd: los temas que no cupieron, o que Foxx no acabó, son tan buenos como los que sí se editaron, y alguno incluso mejor.

Jesús Brotons