Jaime L. Pantaleón

 

Jaime L. Pantaleón Un Viaje Alucinante al Corazón de la Máquina

 

E.N.T.E. (Long Live Records, 2018) es, con toda probabilidad, uno de los discos electrónicos más estimulantes que un servidor ha escuchado en lo que llevamos de año, y quizá en los años inmediatamente anteriores. Es un vinilo de corta duración, pero profunda repercusión: atrapa desde sus primeras notas, sumerge al oyente en un estado de introspección en sus pasajes más estáticos, lo galvaniza sin remedio cuando decide enfatizar el ritmo, e impele a iniciar de nuevo el viaje, y revisitar sus polícromos paisajes una vez que termina el recorrido de la aguja. El uso que he hecho del término “viaje” no es en absoluto gratuito. E.N.T.E. te conduce de un lugar a otro, y en el trayecto muestra panoramas que no veíamos desde… quizá los años 70, la primera era dorada de la música electrónica pura.

 

Nos encontramos ante un disco esencial, en el sentido de que la música que contiene atañe a las esencias de lo que uno, personalmente, considera como electrónica absoluta; es decir, aquella que no busca emular timbres de instrumentos ya existentes sino legitimar los suyos propios, aquellos que son inherentes a la naturaleza de un dispositivo electrónico. Este tipo de música no recurre a pads que pretendan equivalerse con lechos de cuerdas, ni presets estridentes con un largo decay que quieran expresarse como lo haría una guitarra, ni percusiones programadas para imitar la sonoridad y los tipos de ritmos que se asocian con el pop o el rock. No, se trata de la neue musik que propugnaban nuestros antecesores y que tan pronto cayó en el olvido, una que no busca paralelismos o confluencias sino que se basta por sí sola, y que concede a secuenciadores, arpegiadores y moduladores la misma validez que puede tener un instrumento solista tradicional. “Yo vengo de un tema muy setentero, muy de Cluster vía Tangerine Dream”, me explica nuestro piloto en este viaje, Jaime L. Pantaleón, “con un estilo de secuenciador y caja de ritmos muy marcado. Y a la que empiezas a investigar, a tocar las maquinitas, y creas ese viaje mental, para mí no tiene parangón”.

Inevitablemente, nuestra conversación se desvía por unos momentos a su experiencia como oyente. Los minutos siguientes se centran en Tangerine Dream (“tienen cosas muy buenas”), en Eduard Artemyev (“un genio absoluto”), en Morricone (“el gran maestro siempre”). “Ahora estoy obsesionado con muchísimos discos”, dice Jaime. “Compro un montón de discos, tengo que escuchar los sonidos y, sobre todo, estoy fascinado con el corazón de la máquina. Poder llegar a escuchar la máquina, sentir el pulso de la máquina. Lo encuentro fascinante, tanto en textura como en pulsación”.

La inmersión de Jaime en la electrónica ha dado ahora frutos, pero en todo caso no es nueva. En absoluto un recién llegado, Jaime lleva muchos años haciendo música (“Qué horror, ¿eh? Para bien o para mal. Bueno, no sé”, dice, y suelta una carcajada; yo le digo que para bien, hombre, para bien), y aunque en su trayectoria ha explorado terrenos tan diversos como ese rock paisajístico al que tiempo atrás llamaban post-rock y ahora quién sabe, el metal sin ningún tipo de coartadas, el rock progresivo-psicodélico y hasta el más idiosincrático bolero que quepa imaginar, su relación con la electrónica existe desde siempre, pues, en su condición de guitarrista, el uso de pedales ha transfigurado su sonido hasta el punto de que, en muchas ocasiones, su guitarra podría confundirse con un sintetizador. “Los pedales son electrónica, y es lo que siempre había hecho yo. Delays y texturas”, coincide él. “El rock es una cosa muy física, y es genial. La sensación de tocar en una buena banda de rock es incomparable con nada. Pero, a la vez, yo siempre me he caracterizado por la búsqueda de texturas, por hacer guitarras que no son guitarras. Por eso, la electrónica ha estado presente en mi discurso desde el día cero. Siempre. Los sintetizadores siempre me han fascinado de una manera increíble. Yo, como mucha gente, hubiera querido tener un gran modular o un Moog en mi casa”.

Y quién no. Sin embargo, la “escalada instrumentística” de Jaime empezó con un aparato mucho más modesto: un Korg MS-10. “El primero que compré, sí. Había probado otras cosas antes, pero me di cuenta de qué era la electrónica con éste, mi primer sintetizador con teclas y con cut-off. Y el Korg MS-10 y el MS-20 tienen uno de los mejores cut-off posibles. Abrir y cerrar frecuencias es un placer. Eso es el alma de la música electrónica que a mí me gusta. Hay muchos estilos: sampler, ruidismo, breakbeats… Lo que quieras. Pero a mí me gusta eso”. Y del Korg y su modulador de la frecuencia de corte, al infinito, como quien dice. “Comencé a fijarme en qué máquina que fuera asequible y pudiera comprar me iría bien, y sobre todo a escuchar mucha música electrónica, porque cuanto más tocas las máquinas, más te metes en la gente que toca esas máquinas. Y la electrónica, para mí, es un viaje mental. Es la cosa más mental, casi más matemática, no sé si racional o racional-visceral… El rock es muy visceral porque viene del exterior. Viene de los amplificadores y la batería, y la electrónica, generalmente, la tocamos con cascos, con auriculares. Con lo cual, se convierte en tu viaje. Es tu viaje, tus maquinitas, tu sonido”.

Jaime L. Pantaleón

Teniendo en cuenta sus antecedentes prácticos y su voracidad omnímoda como melómano, la pregunta siguiente está clara: ¿a qué obedece el actual giro electrónico de Jaime? En otras palabras: ¿por qué ahora y no antes? “Yo creo que todo son procesos”, responde. “Siempre he sido de tocar en grupos, y a la que he hecho algo en solitario, me ha costado un poco y he vuelto al grupo. En el caso de ahora, hace tres años me pidieron hacer un concierto en lo de Live Soundtracks, en el Convent dels Àngels, poniendo música a una película… Debo decir que yo entré en la electrónica a través de las bandas sonoras. Me lo pidieron, y se me ocurrió poner música a ‘La Noche de los Muertos Vivientes’ con un par de sintes y un par de ritmos que me había grabado, y fue genial. A la que haces un concierto, tocas con un sonido increíble y con una pantalla grande, más allá de los cascos en tu casa, ya no hay marcha atrás”.

Tras un nuevo desvío que hace que el cine se adueñe de la conversación (“La escena de ‘Stalker’ en la que avanzan con esa cosita por las vías, con ese delay y ese drone, me marcó profundamente”), una digresión que me sirve para averiguar cuál es la película ideal de Jaime (“¡’Koyaanisqatsi’! La vi con 7, 8 o 9 años en televisión, y aluciné. Esa relación entre imagen y música, el minimalismo... Me quedé pensando que eso era lo que yo quería hacer. Y siempre pienso que un día haré una película así, pero claro, ocurre que una película así, con time-lapse y eso, pues ya está hecha”), entramos de pleno en E.N.T.E., el disco; un trabajo grabado en directo, echándole arrestos, sin maquillajes posteriores, en el que confluyen felizmente la música y el cine, esas dos obsesiones. De orientación abstracta, paisajística en sus primeros tramos, pero acentuando paulatinamente un ritmo metronómico y primario, y dejando que sea el oyente quien imagine sus propias melodías en lo que, apunto aquí porque se me ha ocurrido ahora, vendría a ser una alucinación hipnagógica llevado a un terreno práctico (algo con lo que Jaime no está de acuerdo: “Al revés, creo que tiene melodías, bastantes”), E.N.T.E. es un disco que funciona por sí solo, pero también es la banda sonora de una película dirigida por Diego Mellogno que por momentos hace pensar en lo que Godfrey Reggio habría hecho de haber dirigido “El Hombre que Cayó a la Tierra”. Jaime: “Cuando haces música a una película, un súper-videoclip o un súper-corto, o videorreportaje, o como quieras llamarlo, tu música está al servicio de las imágenes, y una buena banda sonora que se precie tiene que servir para aportar a la película, no para quitarle”.

“La película se creó a partir de los temas”, continúa explicando mientras a nuestro alrededor los chinos del bar se afanan en sus cosas. “Le pedí a Diego si podía hacer un súper-videoclip de 40 minutos porque lo pedían en un festival, y él hizo esto, que para el poco tiempo que hubo está muy bien. El título, el concepto E.N.T.E., es suyo, y para que creara la película le pasé mis temas sueltos, que ya estaban hechos antes. La película, cuando me llegó, la estudié como normalmente hago cuando me llegan cosas visuales, y éste es el resultado. Aunque yo creo que hay cuatro temas que funcionan solos perfectamente. Es decir, que no es música que sea indisociable de unas imágenes... “No, yo creo que no. A partir de tocar este repertorio sin película, he empezado a hacer temas más rítmicos, y así poder hacer yo las transiciones como yo quiera. En este disco está todo empalmado, no hay cortes, está hecho en directo, porque en las transiciones entre las escenas tienes que hacer lo que quede bien con la película. Al hacerlo sin película, quedé más libre y vi que podía hacer otras cosas”.

Jaime L. Pantaleón

E.N.T.E. y la película a la que acompaña, o viceversa, es para Jaime el taco de salida de una vertiente suya que, como ya he dicho un poco más arriba, siempre estuvo ahí, latente, pero que ahora cobra una presencia que antes no tenía. El potencial latía bajo la superficie, y éste era “explorar lo que exploré con la guitarra, con los delays, las texturas, la improvisación, la hipnosis, y sobre todo crear una atmósfera, un estilo, todos juntos, sin voz”. Lo cual, por supuesto, requiere tiempo; tiempo para estudiar, para investigar, para conocer las herramientas de tu trabajo, llegar a un acuerdo con ellas, convencerlas de que se abran a ti para así acceder a lo que hay más allá de la circuitería, aquello que podríamos denominar como… sí, como el corazón de la máquina. Como decía el Dr. Channard en “Hellraiser 2”: “Debemos ver. Debemos saber”. Y como dice Jaime, sirviéndome sus palabras para concluir la entrevista: “Las máquinas requieren un trabajo espectacular. Es muy difícil, y una caja de ritmos es un instrumento tan válido o tan difícil de tocar como una guitarra. Todos los que hacemos electrónica tenemos una lucha por hacernos con el control de la máquina, del sonido, de lo que está, que todo suene bien… Es algo brutalmente obsesivo. Yo sé usar entre un cinco y un diez por ciento de cada máquina que tengo, es un poco frustrante... ¡Hay muchas cosas que no sé hacer! Es un mundo. La electrónica es fascinante porque es un mundo mental y físico increíble, porque es infinito. A la que empiezas a entender un poquito, es fascinante. Yo estoy completamente obsesionado. Algún día se me pasará, pero ahora no paro. ¡Ja, ja!

Jesús Brotons