'Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading'

 

Escupemetralla Arquitectos del Miedo

“Algunos historiadores de la música de los siglos XX y XXI sostienen que las reliquias sonoras asociadas al nombre Escupemetralla, y datadas en épocas diversas, no se corresponden todas con la misma identidad artística. Existe una música de Escupemetralla en soporte de casete datada entre los años 1988 y 1994, mientras que otra música, asociada al mismo nombre, pero datada entre 2030 y 2045, parece ser obra de un ente diferente, alienígena probablemente, si consideramos el hermetismo de su soporte, de su forma y de su contenido. La pieza circular que se presenta aquí, un disco compacto titulado Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading, ocupa un territorio intermedio: se ha fechado como originaria de noviembre de 2017, aunque apareció en ese lapso temporal como resultado de una retrotransmisión desde el año 2025''. 

 

''En ese viaje hacia el pasado se ha producido una licuación de influencias, materiales y propuestas que abarcan desde Nurse With Wound hasta Abul Mogard, desde Duet Emmo hasta Las Bistecs, desde Neu! hasta Fovea Hex, desde The Residents hasta Sigur Rós, desde Zoviet*France hasta David Lynch y desde Throbbing Gristle hasta Arvo Pärt. Ninguna de las piezas musicales contenidas en el cd recuerda a las de esos artistas y, sin embargo, el buen catador hallará algunas de esas esencias en el destilado musical que Muhammad y Muhammad (pues así se llaman los componentes de Escupemetralla) han preparado a lo largo de ocho pistas, organizadas en dos secciones tituladas Trascendente y Política (y pensadas cuales caras de un viejo vinilo). Algunas de esas pistas son rítmicas hasta el descoyuntamiento, unas son simplemente contundentes, y varias, más ambientales (aunque no relajadas). El ambient de Escupemetralla es ‘ambient bélico’, la banda sonora que escucharíamos en nuestras pesadillas o, simplemente, lo que sordamente suena cuando miramos por la ventana o a través de las pantallas. En Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading hay collage y yuxtaposición, surrealismo, dadaísmo y psicodelia, pero también estructura, orden y propósito. Las piezas fluyen como un magma liberado desde las profundidades de la historia, y conducen al oyente hacia un territorio de terror por el que circulan espectros de chamanes, de escritores malditos (Ginsberg, Burroughs), de malditos políticos (Trump, Stalin) y de mortales sin nombre que nos dejaron tiempo ha, y cuyos ectoplasmas han sido conjurados en las sesiones de grabación del disco, en penumbra y bajo los efectos de una implacable iluminación estroboscópica. No en vano Escupemetralla han elegido un epíteto épico para resumir la esencia de su propósito musical: son ‘arquitectos del miedo’, y en Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading sientan las bases de algo ominoso y perturbador que, según los eruditos citados al comienzo, acabará por concretarse en las siguientes retrotransmisiones desde el año 2025”. (Escupemetralla)


'Pastel de Insectos'

¿Por qué habéis adoptado como lema de vuestra nueva época lo de 'Arquitectos del Miedo'?

Porque The Outer Limits es nuestra serie de cabecera, y su lema era The Architects of Fear. También porque uno de los recursos compositivos de Escupemetralla es imaginar lugares, personas, objetos, situaciones terroríficas y tremebundas, y tratar de poner a los oyentes en ese paraje, o ante ese objeto o persona. Algo similar a construir bandas sonoras para películas que aún no existen. También nos gustaría poder hacerlo para películas que sí existen (¿algún director de serie Z se anima a que le hagamos la banda sonora?). Recientemente hemos puesto música a un cortometraje de Jean-Gabriel Périot, sobre el edificio que resistió la bomba atómica de Hiroshima, titulado Nijuman No Borei (200.000 Fantasmas). El documental se proyectó con diferentes bandas sonoras durante 24 horas en septiembre en el festival escocés Sanctuary (Exploring Light, Dark, Technology and Place). Pero las arquitecturas del miedo son diversas y, desgraciadamente, no sólo tienen que ver con la música, como estamos viendo en los últimos meses a nuestro alrededor. Aunque nuestro programa político sea tecno-pesimista, milenarista y se fundamente en provocar el pánico en grandes masas descontroladas de fanáticos, hay arquitectos del miedo que son mucho más peligrosos e infames que nosotros, básicamente porque su arquitectura se esconde entre los pliegues de la realidad cotidiana, y cuesta mucho apercibirse de ella. Sólo el miedo es lo que emerge y, en ese caso, cuando el miedo no puede localizar la causa, lo que queda es ansiedad flotante. Así que se acabó la era de la felicidad universal, y empieza el descenso a los infiernos que nosotros vamos documentando. Por eso componemos pesadillas sinfónicas para el hilo musical de guarderías de bebés mutantes, y construimos una realidad alternativa basada en Los Cantos de Maldoror.

¿Qué os interesa construir más, el discurso musical o el discurso teórico-filosófico que tanto cuidáis?

Escupemetralla es antes que nada un proyecto musical. La verborrea filosófica, ideológica o pseudocientífica viene, generalmente, después, cuando intentamos añadir una nueva capa de sentido, o de sinsentido, a aquello que debería tenerlo simplemente como flujo sonoro-musical. A veces eso puede acrecentar el disfrute, o crear disonancias cognitivas por contraposición o yuxtaposición de lo que se oye, y lo que se dice, acerca de lo que se oye. No obstante, hay piezas que nacen ya a partir de una “idea” o de un cierto discurso preexistente. Pero no somos muy dados a teorizar sobre lo que hacemos. Como decía Allen Ginsberg, “first thought, best thought”, y por ello Escupemetralla practica y disfruta de la acción directa, siendo la reflexión algo que ocurre a posteriori, de forma ad-hoc, y que puede ser un artefacto monstruoso (¿nuevamente el miedo aquí?). Como buenos nihilistas que son, Muhammad y Muhammad recitan todas las mañanas el mantra “nihil ex nihilo” y, por las noches, el “humani nihil a me alienum puto”.

'The Third World Chickenpoxp'

¿Por qué regresa discográficamente Escupemetralla veintidós años después?

Después de retrotransmitir desde 2025 la serie de casetes que acaba en Multimierda, haremos mejoras en nuestro cilindro de Tipler y podremos empezar a enviar audio digital al pasado. Justo antes de esa cinta estuvimos a punto de publicar en 1994 un single de vinilo. Tenía que ir a un sello americano llamado Carburetor Records, especializado en cosas raras como, por ejemplo, The Tape-beatles. Nos invitaron y, de nuevo desde 2025, parece que les enviaremos un par de temas, pero no les gustaron por no ser suficientemente ruidosos, quizá debido a una transmisión defectuosa, así que acabamos incluyéndolos, con unos títulos diferentes, en nuestra casete Multimierda. El abortado single debería haberse titulado The Third World Chickenpoxp. Una vez probada la posibilidad de transmitir música digital al pasado, aprovecharemos la invitación de Por Caridad Producciones para incluir en su recopilación Noise Club 1 de 1994 una de nuestras declaraciones de principios: Quiero Ser Guitarra de Esplendor Geométrico. Desde 1998 recibiremos otra invitación, esta vez de Self, para incluir un tema en un disco recopilatorio, y compondremos Avuyur para aquella ocasión. La pieza es/fue/será premonitoria pues su título sugiere un adiós (fonéticamente está cercano a Agur y a Au Revoir), y tiene que ver con las limitaciones de nuestra maquinaria para enviar más de unos pocos minutos digitales hacia el pasado remoto. La tercera versión del cilindro de Tipler permitirá, unos meses después, tamaña proeza. En el geriátrico en el que tendremos nuestro laboratorio coincidiremos por casualidad con Luciano Álvarez, y él nos persuadirá para que dejemos la física por un tiempo y volvamos a nuestros instrumentos musicales vintage. Publicar un disco entero es algo que nunca antes habíamos hecho, y nos hará ilusión (como niños). El apoyo y el empuje de Nøvak para publicarlo justo ahora en 2017, en esta época gris tirando a negro, también es determinante: si hubiera dependido de nosotros seguiríamos tonteando senilmente con la estructura y el tejido del espacio-tiempo. Esperamos que nuestra propuesta distópica y cenicienta tenga una acogida mínimamente visible en reducidos círculos de snobs musicales, pedantes pedorros de la escena barcelonesa como nosotros mismos, y melómanos despistados que añoran que les machaquen la cóclea como sólo lo habían hecho Merzbow y Whitehouse, aunque no podemos aspirar a tanto, claro. Desde 2017 hasta 2025 nos dedicaremos a cultivar nuestros respectivos huertos en los laterales de la autopista. Pero en el momento de decidir a qué año enviar el cd, nos parecerá que no estaría mal ambientar esta Nueva Edad Media con algunas de las composiciones que tendremos guardadas en nuestros discos duros.

¿Cómo veis musicalmente 2017? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor o ya os está bien?

Es difícil contestar a esto como Escupemetralla porque las visiones de Muhammad pueden ser diferentes de las de Muhammad, y ambas en su conjunto diferentes de las de Escupemetralla. No vemos nada especial en 2017, más allá de lo que a nuestra historia compete. Mejor y peor son dos conceptos escabrosos. En general en cualquier año encontramos música interesante: las modas cambian, las tecnologías cambian y los soportes de la música cambian… pero si escarbas un poco, siempre hay algo que escuchas con atención varias veces, que se mete en tu vida y te señala alguna circunstancia que te deja clavado en la silla preguntándote “¿qué demonios es esto?”, música que te hace preguntas o te ayuda a encontrar respuestas. Pretender que ha habido una época dorada, y luego todo es decadencia, es ignorar que la decadencia es justamente lo inmanente en cualquier “historia”. Si todo es decadencia, las edades de oro son ilusiones por falta de suficiente perspectiva temporal. Por ejemplo, ¿representaban The Residents de los 70 la época dorada de la criptomúsica underground?, ¿realmente es Abul Mogard el artista más mejor del drone-ambiente-opresivo de 2017?, ¿es necesario inventar más etiquetas ridículas como ésas a razón de unas cinco por mes para demostrar que uno está en el mismísimo ajo de las tendencias rompedoras? Afortunadamente, nuestra posición privilegiada en lo que respecta al espacio-tiempo nos permite asegurar rotundamente todo lo anterior. Pero esta pregunta es demasiado general, no llegaremos muy lejos con ella.

¿Había necesidad artística en volver o el requerimiento de Nøvak a raíz de Totum Revolutum MMXVI fue suficiente?

No había ninguna necesidad, y eso fue lo que, en parte, lo hizo posible. No pretender nada, no querer nada, dejarnos llevar por lo que se nos proponía… Bueno, uno de nosotros llevaba un par de años “resucitando” musicalmente con diversos pelajes, con un Bandcamp de otro proyecto críptico de los 80-90 a punto de abrir… Pero volver a pensar como colectivo musical resultó muy fácil y agradable. Hay un modus operandi en el trabajo de Escupemetralla que coincide con una idea que Daniel Lanois explicaba en algún lugar respecto a su trabajo con Brian Eno: no decir “no” ante una propuesta, idea u opción explorable, y dejar que sea el resultado, lo obtenido, lo que permita juzgarlo. Dado que no intentamos encajar nuestra música en ningún género, sello, moda, corriente o colectivo, ni nos planteamos hacer música “al modo de... ”, podemos permitirnos esa suspensión del juicio hasta que sea evidente que lo compuesto, generado o pergeñado es pertinente. Una vez nos pusimos de nuevo en marcha, las ideas, los planes a largo plazo, las líneas a seguir, las herramientas a probar y los elementos a combinar han ido fluyendo de manera natural. Seguramente influyen también los respectivos momentos vitales de Muhammad y Muhammad, abandonados ya por sus parientes y asesores fiscales en este geriátrico, y un tanto cansados de la vida cuartelaria que se respira en este antro, por mucho laboratorio de altas energías que los cuidadores nos dejen utilizar aquí, mientras otros se limitan a hacer gimnasia, deambular con el taca-taca, jugar al parchís o ver TV3.

Lo que me fascina de Escupemetralla es que es el único proyecto actual electrónico de aquí que es realmente AV, que valora tanto el audio como lo visual. ¿Es así o el audio siempre estará por delante de lo visual?

Damos importancia a la experiencia sensorial, que es multidimensional y también incluye textos, y que podría incluir olores, sabores, texturas, sensaciones kinestésicas, hápticas... si supiéramos, y tuviéramos el tiempo y la tecnología necesarios. La idea de la telepresencia, “la transmisión del tacto, sin tocarse”, como decía una letra de El Aviador Dro, es una idea tan potente que no nos imaginamos cómo impactará en la sociedad, quizá tanto como la impresión 3D. En muchas ocasiones casi hemos disfrutado más de la contemplación prolongada de una carátula de un disco que de su contenido mismo. En los mejores casos la experiencia combinada ha sido más que cada una por separado. Por ejemplo, las carátulas de Phaedra, de A Saucerful of Secrets, de The Third Reich’n’Roll, de Trans-Europe Express, de Lizard... Hace unos 40-50 años uno podía sumergirse en esas portadas de cartón, que ya están siendo comidas por las polillas, en busca de mensajes ocultos, ahora la música ya sólo va acompañada de portadas digitales en una pantalla atiborrada de anuncios y basura. Cuando miras la historia del diseño relacionada con la música, alucinas, y no sólo el pop-rock-electrónico de los 60-70: puedes irte a Wagner, por ejemplo. ¿Tal vez tenemos una concepción de arte-total, como tenía Wagner? (¡qué pretenciosos!). Glups, nunca había salido esa palabra (arte-total) en nuestras conversaciones… En cualquier caso y, como ya dijimos más arriba, Escupemetralla nació como proyecto musical y, antes que nada, es un ente productor de sonido. Primero componemos el sonido, y mucho después le añadimos imágenes, en general, pero no siempre adecuadas a lo que suena. Hoy en día la música sin imágenes parece tener poco atractivo, como muestra el hecho de que en nuestro canal de YouTube la cantidad de visionados de nuestros temas videografiados supere bastante a la cantidad de audiciones de esos mismos temas en nuestro Bandcamp. Pero, de hecho, hemos optado por fabricar vídeos porque aún estamos desarrollando nuestras dinámicas coreográficas e interpretativas, y nos pareció que dar conciertos consistentes en dos tipos sentados en una silla y contemplando estoicamente a su audiencia era una idea demasiado innovadora y arriesgada, en cambio, pensamos que hipnotizar a la audiencia con proyecciones de vídeos que les distraigan de nuestra presencia hierática podía hacer la experiencia más llevadera para todos. No podemos saber si, cuando nos metamos algún día en el tema de la síntesis visual, no vamos a quedarnos tan enganchados en eso que la música pierda cierto protagonismo. Sí, nuestro uso del vídeo es de lo más rudimentario, por si nadie se había percatado todavía. Estamos lejos de lo que nos gustaría ofrecer como experiencia inmersiva. Necesitamos tiempo para aprender a manejar herramientas y técnicas. Tenemos ideas revoloteando por ahí, pero aún estamos simplemente “cacharreando” con software pirateado, y tal vez en nuestros planes de 2025 en adelante esté la creación de Experience Boxes, de ésas que se venden en la FNAC, pero en lugar de tratarse de viajecitos a un rincón de L’Empordà donde se comen bunyols que saben a escalivada, o de pasar unas horas en la cocina de l’àvia Remei aprendiendo cómo hace el pato con peras, ofreceremos una experiencia enteogénica sin necesidad de comer hongos, fumar hojarasca o ingerir compuestos químicos de dudosa procedencia y salubridad. Será un nuevo revival de la psicodelia pasada por el tamiz de las múltiples capas de ruido sonoro y visual que impregnan nuestras composiciones.

¿Escupemetralla es un grupo de música electrónica o es un dúo de música clásica contemporánea que hace bandas sonoras de pelis de miedo?

Los conceptos clásico y contemporáneo son más bien opuestos, según los entendemos. Y no somos ni clásicos (puesto que no nos ajustamos a formas canónicas idealizadas), ni contemporáneos (puesto que nuestra música viene del futuro). Decir que somos un grupo de música electrónica no es ningún disparate, pero ¿cuál no lo es actualmente? La cuestión es ¿qué haces con la electrónica? Si simulas lo que harías sin ella, si emulas procesos o conceptos que se han hecho o usado durante decenas o centenares de años, la electrónica sólo te aporta comodidad, rapidez y flexibilidad. La cuestión es cómo usar la electrónica para que te cambie tu manera de pensar sobre la música o, al revés, si piensas de manera que sólo la electrónica te permite hacer aquello que has concebido. Ésa es la esencia. Para crear canciones con una voz natural que sigan la estructura de intro-estrofa-estribillo-estrofa-estribillo-outro, con ritmos inventados hace 70 años y que usen instrumentos que suenan como los de una orquesta o una banda de rock, y con las notas del sistema temperado occidental, para eso no nos hacía falta la electrónica. Si te cuestionas las afinaciones, las escalas, las notas, los ritmos y los timbres, entonces haces de la electrónica algo más que una herramienta. Dicho lo cual no significa que en Escupemetralla trabajemos así o que lo hagamos siempre, pero es una idea que, como nebulosa, nos ilumina cada noche cuando ensayamos música de pasacalles con una sola nota, pasos de insecto, tenacillas y melodías que no contienen notas. Pero si en este momento desapareciesen todos los circuitos integrados del planeta, creemos que seríamos casi igualmente productivos sin electrónica, generando ondas sonoras con radios viejas destripadas, bidones metálicos, comediscos y maquinillas de afeitar, que es como en realidad empezamos hacia 1987 cuando fabricamos Sublimado Corrosivo. En cuanto a hacer bandas sonoras para pelis de miedo, no nos repugna la idea, pero tendrían que ser para pelis auténticamente terroríficas, por ejemplo, biopics de Trump, Aznar o Puigdemont. No nos apetecería caer en la blandenguería de consumo, al estilo de aquella en la que se instaló Graeme Revell cuando, al fallecer SPK, se dedicó a producir en serie bandas sonoras hollywoodienses. Los psicofármacos que se había tomado a escondidas en el psiquiátrico donde trabajaba debieron derretirle el tronco cerebral.


“Por si el público no estaba avisado, Escupemetralla son el resultado de una serie de retrotransmisiones que se llevarán a cabo a mediados del siglo veintiuno en el Thorne's Cone Light Reversion Laboratory For Children (sito en Los Alamos, Texas, Estados Federales de México y Puerto Rico), por lo que, en cierto modo, actualmente no son más que entidades virtuales que existirán dentro de unos años. En esta ocasión sus hologramas planos tocarán en riguroso directo al estómago unas cuantas piezas de pop industrial artificial con la sola instrumentación de dos magnetófonos mutados, y no menos de media docena de flautas de Tipler, que tienen la particularidad de rotar a una velocidad cuasi-lumínica alrededor de su eje, y transportar a músicos y audiencia una treintena de años hacia el pasado o hacia el futuro: la noche del concierto cada persona del público tendrá entonces la posibilidad de matar a su abuelo adolescente, o de descubrir quiénes serán sus propios nietos. Sea cual sea el caso, la experiencia será espeluznante y horripiladora”. (Escupemetralla)


Escupemetralla

¿Suscribís lo que dijo Ian Curtis en Heart and Soul: “El pasado es ahora parte de mi futuro, el presente está fuera de control”?

Pues no podemos suscribirlo por completo. Todo está fuera de control: el pasado, porque no puedes cambiarlo (a no ser que dispongas de un cilindro de Tipler para ir a ese entonces, y hacer descarrilar el tren que llevaba a Lenin a Petrogrado, por ejemplo) y el futuro, porque jamás existirá, cuando por fin llegas ya se ha ido (que se lo digan a Radio Futura, que nunca acabaron siendo futuristas, y se quedaron anclados y metálicos en el Jardín Botánico). Y en cuanto al presente, no somos capaces ni de controlar el tiempo que hace hoy. Por otra parte, demasiada visión no tenía Ian Curtis, que pensaba que en su futuro se repetiría su pasado, y acabó cercenándose el futuro colgándose de una viga. Puestos a suscribir, suscribimos más lo que dijo Tony Curtis: “Mi longevidad se debe a que he sabido elegir los momentos oportunos”. Es decir, apostamos por una vejez muy prolongada, resultado de haber sabido trampear el pasado cultivando primorosamente la “no acción” taoísta, como se deduce de nuestros veintipico años de inactividad músico-propagandística (que, de momento, finaliza ahora). Y ya que hablamos de Curtis, probablemente el más importante para nosotros, y para la música electrónica, no sea ninguno de los anteriores, sino Doug Curtis, diseñador de chips esenciales para muchos de los sintes y samplers que han marcado la historia de la música del siglo XX.

En esta segunda reencarnación sólo aparece Escupemetralla, ¿qué fue del resto del entramado multidisciplinar que creásteis en la primera? ¿Dónde está Petunio? ¿Y las Sirenas?

Haciendo un poco de Historia Universal podemos decir que la Escuela de Sirenas fue la madre, Clonaciones Petunio el padre y Escupemetralla el hijo bicéfalo aquejado del trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Escuela de Sirenas fue un programa radiofónico que estuvimos haciendo semanalmente en Radio P.I.C.A., y otras emisoras, desde 1983 hasta 1993 (con un parón entre 1987 y 1991), y fue descrito por nuestros fans/críticos como “un bombardeo de reacción hilarante del absurdo radiofónico-literario aderezado con sonidos modernos”, “un espacio radioestrambótico”, “un programa musical para hacer reír a los muertos” y “un intento de llevar al oyente un gramo más de desesperanza y confusión”. Intercalada entre burlas sangrantes del rock català y otras memeces del momento, radiábamos música de Throbbing Gristle, Zoviet*France, The Residents, Esplendor Geométrico, Macromassa, y todo aquello que podía provocar que los oyentes cerrasen la radio. El programa estaba producido por los Salmones Ahumanos, que con el tiempo se transformaron en un sello casetero, adoptando para ello el rebuscado nombre de Clonaciones Petunio (remedando marcas comerciales como Reparaciones Martínez y Demoliciones Ascaso, por ejemplo), que publicó y distribuyó las casetes de Iéximal Jélimite y de Escupemetralla. Cuando en 1987 la autoridad gubernativo-democrático-autonómico-pujolera clausuró Radio P.I.C.A. nos quedamos mano sobre mano y, más que nada para amenizar las largas tardes de invierno, confeccionamos unas cuantas entregas durante varios años de un panfleto impreso llamado B.O.E.S. (Boletín Oficial de la Escuela de Sirenas), que fue calificado como “periodismo barato para gente pobre” y “auténtico libelo trash-galáctico”. En esa época decidimos crear también nuestros propios sonidos, con la vana esperanza de ser aceptados en el ambiente preolímpico, y compusimos, para empezar, un himno titulado Boato. Ése fue el comienzo de Escupemetralla, y Clonaciones Petunio se encargó de clonar una a una las casetes que se fueron publicando entre 1988 y 1995, a partir de la matriz que les enviaremos desde 2025 vía cilindro de Tipler. En definitiva, las Sirenas pertenecen a ese pasado que, si por un momento nos fiamos de la dudosa sagacidad de Ian Curtis, quizá pase a ser parte de nuestro futuro. O al revés.

¿Qué importancia le dais al humor?

En nuestras actividades cotidianas somos muy serios, nos tomamos las cosas con la adusta gravedad de un hidalgo catalán, si es que tal combinación quimérica es posible. Levantamos una ceja cuando oímos un chiste sobre Lepe o sobre Bélgica, pero poco más. Por el contrario, al tomarnos la pastilla que nos transforma en las dos cabezas de Adolfo Suárez llamadas Muhammad y Muhammad, pasamos a ver el mundo desde la perspectiva del ridículo, y entonces la idea que nos guía es la de hacer música para tirar adoquines, o hacer música tan densa como un adoquín, o incluso hacer adoquines para hacer música con ellos, labores que conjugan la composición de pistas musicales con el encofrado y la construcción de muros sónicos a la Phil Spector, todo eso con la finalidad de reírnos de nuestros oyentes ocasionales y fans incondicionales. Somos ludistas por naturaleza, aunque no luditas. Nos encanta jugar con los sonidos, las imágenes, las palabras y los conceptos. No es algo que busquemos, ni sobre lo que trabajemos a posteriori. Si algo de lo que haces no encierra algún tipo de diversión es mejor que no lo hagas. Y si te diviertes, y además puedes provocar sorpresa, confusión o hilaridad en el público, tanto mejor.

¿A qué se deben las desapariciones de Escupemetralla, las anteriores y las próximas?

Son múltiples y diversas las causas que explicarán tales desapariciones en el futuro. Sobre las que sucederán más allá de 2025 no podemos decir nada. Sobre nuestra inminente desaparición el año que viene, remitimos al lector/oyente al Bandcamp o al YouTube de nuestro tema titulado Escape from Catalonia 2018, donde encontrará una explicación diáfana y coherente de los motivos por los que haremos mutis por el foro. Sobre las desapariciones ya acontecidas, digamos que nuestros recuerdos son confusos y contradictorios, probablemente fruto de la actividad frenética para conseguir un cilindro de Tipler operativo. Por una parte, en 1991 ganamos un premio de Rock de Lux de música electrónica, y Roland, que patrocinaba el concurso, gentilmente nos cambió el premio originalmente asignado (¡¡un piano eléctrico!! ¡¡para un grupo de música electrónica!!) por un fastuoso sinte JD-800 y una caja de ritmos. Eso nos llevó a interesarnos por el MIDI y los secuenciadotes, e invertimos mucho tiempo en intentar crear algo con esas infraestructuras. Pero la relación coste-beneficio no fue muy clara. Tanto en Totum Revolutum como en Multimierda hay pistas o fragmentos creados con esa “nueva” manera de acercarse a la música. Pero para nosotros era menos directa, demasiado cerebral, o tal vez éramos o somos más torpes de lo que nos pensamos, o quizá es que conectábamos los cables al revés y por eso no sonaba nada la mayoría de las veces que nos reuníamos para tocar. Y eso generó aburrimiento o frustración, y sin tomar una decisión deliberada, dejamos en suspenso nuestro flirteo con el solfeo durante veinte años, más o menos. Por otra parte, con la llegada de Aznar al poder allá por 1996 nos exiliamos, cada uno a un país diferente, y distantes unos 2.400 km, con lo que fue imposible seguir creando en comandita obras de arte musicales y, para el caso, obras de cualquier tipo. Ahora hemos conseguido regresar y pasar desapercibidos gracias al caos que reina otra vez en este país, y a la moda de las pelucas, con las que vamos camuflados. Pero no hay forma de prever si vamos a quedarnos aquí y ahora durante mucho tiempo, o sea, que ¡aprovechad y venid a alguno de nuestros conciertos, y acumulad copias de nuestros cds y casetes, que en el mercado negro de 2025 se van a pagar mejor que la primera edición del primer single de Esplendor Geométrico Necrosis en la Poya!

¿Qué opináis del regreso al culto a la cinta de casete cuando apenas quedan platinas de ídem en nuestro planeta hispánico?

Es una moda hipster, tal vez. Forma parte del retorno a lo físico: no se puede vivir en una virtualidad constante como parecen proponer las tecnologías contemporáneas. Como decíamos antes, la sensación táctil es esencial para los humanos, y las casetes y los vinilos restauran en parte esa necesidad frente al consumo masivo de música intangible. Como “fetiches” u objetos artísticos nos parece fantástico que vuelvan a valorarse y editarse las casetes, pero como manera “cómoda” de escuchar música nos parece una tontería. La manera más cómoda siempre es la digital. No sólo cómoda sino, en principio, de la mayor calidad posible. Si el retorno a la casete implica degradar la calidad de la escucha, ya de por sí muy degradada con los servicios de streaming gratuitos, entonces no nos gusta. Pero está muy bien que la gente pueda elegir los formatos en los que desea escuchar, consumir, compartir y descubrir música. Cuantos más mejor, y allá cada cual con sus problemas para rebobinar cintas, y desenredarlas cuando se salen de la cajita. Para reírse de todo esto Escupemetralla enviará a 2018 una casete sorpresa C-600 que contribuirá a reducir el parque de platinas mundial, y a acabar con la moda. No podemos dar más detalles aún…

¿Qué habéis pretendido con Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading?

Pretender es pretencioso… Como dijimos antes, somos curiosos y nos gusta jugar con todo lo que se mete en nuestras cabezas o cae en nuestras tenacillas retráctiles. Así pues, nosotros en este proyecto nos hemos propuesto crear el sonido que definirá la música popular de la década de 2030 y, a la vez, verificar que con siete u ocho sintetizadores, cinco cajas de ritmos, doce samplers y cuatro secuenciadores, todo ello virtual, es posible componer sinfonías abigarradas y retorcidas que muy bien podrían haberse hecho empleando dos o tres instrumentos musicales físicos si de pequeños hubiésemos aprendido a tocarlos. Por otra parte, el objetivo principal de nuestras sesiones musicales suele ser crear una banda sonora perturbadora que acompañe nuestras pesadillas y las de los oyentes. Escogimos una ínfima parte de la música que hemos ido componiendo desde el año 1983, le dimos cierta unidad sonora y conceptual, y tomamos una frase de William Burroughs como excelente resumen de lo que te puedes encontrar allí dentro, pero también de lo que hay fuera, y también al otro lado de la realidad. Dividimos el disco en dos partes, tal vez para crear la falsa ilusión de que aquello era, en realidad, un lp reciclado de otra época, y con cada pista hemos incluido en los créditos un concepto sesudo sobre el que reflexionar mientras se escucha la música. Seguramente nadie nos va a hacer caso de esto, y el disco pasará a la historia precisamente por ser un ejemplo de hueca pretenciosidad. Una vez nos demostremos que también éramos capaces de eso, haremos una pirueta estilística y nos centraremos en componer tecno-marrano o reggaeton-tería, que son retos igualmente complicados de lograr para unos batracios musicales como nosotros.

¿Cuándo, cómo y por qué regresaréis la próxima vez, si es que lo hacéis?

Es un poco complicado. Como dijo Niels Bohr, "prediction is difficult, especially the future”. Aunque algo sí que sabemos: en 2025 nos pondremos manos a la obra y crearemos la música de Poison of Dead Sun in Your Brain Slowly Fading, y lo sabemos porque resulta que hemos descubierto que la retrotransmitiremos a 2017 para que Nøvak la edite y la publique, como se puede comprobar. Es decir, que aunque podamos desaparecer en 2018, de alguna manera seguiremos trabajando virtualmente para llevar a las masas un poco menos de sentido común y un poco más de psicodelia industrial e irracionalidad dadaísta. Pero también es posible que reaparezcamos en algún concierto aquí o allá con alguna coreografía y juegos de luces para presentar nuevos temas como La Tenacilla, que es una canción original de nuestro mentor pelicanista Gregorio Rivas, o Petroglifo Descubierto en un Cálculo Renal, una pieza que amalgama el country digital y el estilo de música reiterativa de Philip Glass, y que tenemos prácticamente acabada en estos momentos. El cómo apareceremos es más difícil de decir. Quizá como hologramas planos al estilo de Hatsune Miku, o como robots Pleo, o simplemente como hipsters de la tercera edad. Y el por qué, pues porque algún promotor, productor o jeque árabe nos apadrine, y nos prometa que publicará todas nuestras cintas, discos y archivos, los distribuirá por el planeta y nos organizará espectáculos en Sónar, Mutek, Mira, Berlin Atonal, Coachella, Bangon A Can, Unsound, Time Warp, Subsonic, Drone Festival, Moogfest, Insomnia, Iceland Airwaves, Distortion, Melt, Tectonics y L.E.M. Llegados a este punto, seremos los amos del mundo, o algo así, y nos podremos dedicar nuevamente a cacharrear con kits educativos de experimentos de biotecnología militar, o de creación de ondas gravitacionales a escala microscópica mientras esperamos que nos visite la Parca en nuestro retiro residencial geriátrico.

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