Yes

 

LA QUINTA COLUMNA

De campos de batalla a yacimientos arqueológicos

 

Hago un programa de radio (Retromanía, en Radio 3 Extra) junto a Abraham Rivera, un compañero al que saco algo más de tres décadas. Abraham, y como él algun@s de sus amig@s, sabe de música (entendimiento, conocimiento y documentación) bastante más de lo que uno sabía a su edad. Pero ese no es el tema, sino tratar de explicar cómo, disponiendo  de la misma base objetiva, las actitudes de las que se parte y las conclusiones a las que llegamos frente a un determinado fenómeno son a veces muy diferentes.

Tomemos, como caso de estudio, el llamado AOR (Adult Orientated Rock). El AOR siempre fue un término muy discutido, lo mismo que su casi coetáneo MOR (Middle Of the Road), directamente dedicado a programar música melódica. El AOR aparece cuando se produce la primera gran división en el pop a finales de los sesenta con el advenimiento del hipismo y de sus consecuencias musicales, como la psicodelia, el art-, el prog- el jazz- o el kraut-rock (que ya  ni siquiera era rock). Que en resumidas cuentas suponía la mayoría de edad musical e intelectual tanto de los músicos como de sus antiguos y berreantes fans púberes y adolescentes.

Digamos que a principio de los setenta los nativos del rock en Estados Unidos, quienes nacieron a la música con Elvis, Chuck Berry, Carl Perkins, Little Richard, o en el Reino Unido y el mundo en general a través del pop británico, eran ya realmente adultos, gente encaminada hacia  la treintena, con (¡qué tiempos!) un trabajo, una casa y una familia ya encauzados. Una gente que ya no estaba por gritar desaforadamente en los conciertos o adoptar una moda antes alternativa y definitoria, ahora simplemente juvenil.

Los grupos, tras comenzar sobre bases técnicas muy rudimentarias, habían ido creciendo al mismo ritmo que su público (al que solían llevar unos cuantos años de edad), y fueron siguiendo los caminos abiertos por Beatles, Zombies, Stones y los grupos del hipismo. Introdujeron solos extendidos, cambios rítmicos extraños, letras de contenido a veces surreal, más o menos crípticas… Esta vía hacia la complejidad, y en muchos casos hacia lo sofisticado y lo directamente pretencioso, encontró un valioso aliado: la industria discográfica. Esta industria acababa de descubrir el potencial del elepé microsurco y, visto que el beneficio generado era bastante mayor que el sencillo, apostó por ese medio a fondo. Dejando los sencillos para un consumo más adolescente, de menor capacidad económica.

Este es el marco. Audiencias ya adultas, músicos buscando expresarse a través de la complejidad y la duración, y una industria encantada de explotar un medio que podía acoger digresiones de más de 4 minutos, y que era muy rentable. Así entramos ya en el reino del pop/rock adulto. Del AOR.

Lo que interesa ahora es la muy diferente percepción que de ese fenómeno podemos tener Abraham y yo. Para mí aquello se desarrolló como un verdadero campo de batalla. Mientras algunos grupos lograron hacer música de verdadero interés, aunque no fuera tan sencilla de asimilar, otros derrapaban en la autocomplacencia, cristalizando en creaciones como el doble elepé Tales Of Topographic Oceans de Yes, sólo digerible con cierto dopaje. Y no solo eso, la industria descubrió que podía semimanufacturar, o al menos dirigir, ese tipo de música hacia lo banal/comercial como antes lo había hecho con el pop. Todo era ponerse.

Foreigner / Asia

Los grupos resultantes de esos desvelos industriales, los Foreigner, Survivor, Fleetwood Mac, Boston, Journey, Toto, Foreigner, REO Speedwagon, Chicago, Blue Öyster Cult, Asia, Styx, Supertramp… (por poner algunos), tenían diversas procedencias, pudiendo haberse formado a partir de músicos de estudio, del deshacer, rehacer y reconvertir de bandas clásicas, de gente con carreras muy limitadas, pero que dieron en el clavo con un par de discos, veteranos de la era prog convertidos casi literalmente en los dinosaurios atacados y masacrados por el punk y todo lo que vino después…

Aunque muy diferentes entre sí, estos grupos tenían una serie de rasgos comunes: alta competencia instrumental y vocal, composiciones bien construidas, arreglos llenos de matices, producción tan lujosa como sus cien mil instrumentos… Y poco o ningún experimento de fondo, letras poco o nada conflictivas, poca o ninguna transgresión…

Frente a estos productos se consolidaron dos posturas: la de la Autenticidad desnuda y directa del rock, en cierta medida bastante retrógrada y que sólo regresaría, en otra generación mucho más joven, a través del punk; y la de los Antiformalistas, que aceptaban tranquilamente la experimentación y la complejidad siempre que contribuyeran a descubrir nuevas avenidas musicales y/o aportaran otras componentes de orden puramente sonoro, social, político, e incluso psicológico.

Esa batalla implicaba militancia. Era la independencia de Onda 2 o Para Vosotros Jóvenes de RNE (luego Radio 3) frente a la industria cultural reflejada en los 40 Principales de la SER. Era una pelea cotidiana, no ya para introducir grandes rarezas, sino simplemente para impedir que el pop cayera en una ciénaga de música predigerida, pulida, previsible y sistémica. En último término, muy reaccionaria.

Pero claro, han pasado casi 40 años y, además, la música ha vivido en la última década una revolución tan sísmica como la que se vivió con el nacimiento del fonógrafo a principios del siglo XX. Hoy (casi) toda la música está disponible, y por ello se recibe de manera mucho más horizontal/rizomática.

El antiguo campo de batalla es ahora una excavación arqueológica donde los interesados de hoy descubren artefactos olvidados, pero curiosos, incluso interesantes.

Despojado de sus inmediatas connotaciones comerciales, banales, reaccionarias, etc. etc., del AOR queda su principal dominio, lo formal. En esas formas se esconden hoy esos sonidos lujosos que ya apenas existen, la producción analógica llevada a su último virtuosismo, instrumentistas eficientes, y por lo general servidores de la pieza, no de su propio Ego… Incluso la misma idea de profesionalidad, casi impronunciable en el reino de la música durante décadas, puede adquirir nuevos sentidos y atractivos.

Abraham y sus amig@s conocen de memoria todas las circunstancias mencionadas y las tienen en cuenta, pero sería absurdo que intentaran reproducir aquella militancia combativa practicada hace decenios. Aquel enemigo, en aquella forma, ya casi no existe, y la lectura de sus restos ha de ser otra. Y hoy quizás ya sea posible extraer de esos materiales detalles de gran interés que, cuando se generaron, probablemente tenían sólo una intención y una función ornamentales. Y que, desde mi criterio, casi forzosamente maniqueo, eran procesados en ese sentido ornamental, como envoltorio de la vacuidad.

Lo anterior, un pequeño case-study, puede extenderse a otros terrenos de la música (pensemos en la electrónica y el synth-pop evolucionado, en el trance de los 90…). En realidad, y en esta época retromaníaca, los ejemplos serían casi infinitos.

Incluso vacíos de toda nostalgia, las personas, y por lo tanto l@s crític@s o programadores de sucesivas generaciones, llevamos grabados a fuego las señas de sucesivas luchas, significantes de posturas y principios ético/artísticos que siguen siendo plenamente vigentes. Pero, que lo sepamos, esos significantes ya no son los restos de cada enfrentamiento, sino lo que estos nos enseñaron para poder seguir viviendo con algún sentido.

JM Costa


Fleetwood Mac

Toto