Coil

 

Coil Y al Final, ¿Qué Queda?

La suciedad, la ansiedad, la miseria. La espiral. Coil barren en casas ajenas -Whitehouse, Krakowski, Craneoclast- y guardan las bolas de pelusa en una bolsa de plástico. Al llegar a su estudio las sueltan encima de la mesa de mezclas, fundiéndolas con la más oscura de las pesadillas. A partir de ahí, lo más triste de la condición humana tomará la más inquietante de las formas establecidas: la sonora.

 

Sónar, 17/06/00

Todos y cada uno de nosotros (me refiero a vosotros) nos hemos ido a la cama y, alguna vez, si no muchas, nos hemos visto obligados, a causa de un intermitente y perturbador insomnio, a ponernos los walkman para paliar la agonía de una vigilia en silencio. Error. Porque siempre, pese a poder recurrir a algún que otro grupo de pop más o menos dulzón e intrascendente, acabamos conectándonos irremediablemente a los sonidos más tenebrosos y sugerentes: trip hop, ruidismo, ambient... Portishead, Panasonic, Coil. Así de tonta es la gente.

El sonido oscuro, ya lo saben, acompaña de maravilla en eso que uno llama, vulgarmente, atontamiento pre-sueño. Nada mejor que caer en los brazos de Morfeo no sabiendo si uno va a acabar desembarazándose o no de sus fauces, cuando el despertador suene a la mañana siguiente. Y Coil hacen eso a la perfección: son, sin duda alguna, las niñeras de nuestras ondas alfa. Las que nos llevan a la cama, nos arropan y, a medio cuento, nos dicen que quizá nunca más volvamos a abrir los ojos.


Nasa-Arab

John Balance (su nombre real es Geoff Rushton) y Peter ‘Sleazy’ Christopherson se conocen a principios de los ochenta en Inglaterra. Genesis P. Orridge, por aquel entonces gurú de la música industrial en las Islas, decidió dar fin al combo electrónico-pornográfico por excelencia: Throbbing Gristle. Christopherson, también en Throbbing Gristle, convenció a Genesis para que incluyera a Balance en la formación titular de su nuevo experimento musical, Psychic TV. Pero John no se conformó con ello. No contento por los resultados sonoros del conjunto, y por la mano (bastante) dura y dictatorial de P. Orridge (muy a las riendas del grupo), el chico decidió ponerse un nombre artístico, y editar todo aquello que se le pasaba por la cabeza, todo aquello que Genesis no le dejaba plasmar en los discos de PTV. Ese nombre artístico fue, por supuesto, Coil. Después de convencer sin demasiada dificultad a Christopherson, Coil se pusieron a sacar discos. Era el 11 de mayo de 1983, y desde entonces no han parado.

Su primer trabajo, How To Destroy Angels, nos demuestra que Autechre llevan muchísimos años de retraso en la búsqueda de sonidos bellos, al tiempo que aterradores e inquietantes. Como Peter declaró en una de sus primeras entrevistas, “a nosotros nos gustan los sonidos experimentales, las cosas que suenan todo lo contrario a melódicas, lo que no significa que queramos ser anticomerciales. Si la melodía no es, necesariamente, comercialidad, la antimelodía no es, ni mucho menos, anticomercialidad”. Una frase que definiría toda su discografía, su manera de ser ante sus fans y su manera de entender la música, propia y ajena. Una frase con la que más tarde se identificarían muchos de sus, por entonces, jovenes seguidores: Trent Reznor, Sean Booth y Rob Brown (Autechre), Dave Clarke, Liminal, los hermanos Hartnoll (Orbital), Jim ‘Foetus’ Thirwell, Plaid, Füxa, Fureasteen... Una lista interminable de gente que compartía, con sus más y sus menos, su ideología, su talento y sus pretensiones. El corte ya estaba hecho. Ahora faltaba la sangre.


The Coil Reconstruction Kit Disc One

“Siempre hemos sido muy instintivos, y eso hace que mires al pasado, y las cosas no te parezcan tan bien como entonces”. John habló de esta forma de los primeros trabajos de Coil, dando a entender que ellos no tenían un control absoluto de su obra, y que, como todos los seres que ha parido la madre Naturaleza, son la carnaza de esos defectos llamados inconstancia, desequilibrio y desconfianza en uno mismo. ¿Y quién no? piensa el que suscribe. Los hermanos Russolo, Steve Reich, Michael Jackson o las Spice Girls han sufrido en carnes propias (y alguno de ellos ajenas) los vaivenes de una industria que afecta por igual a Glenn Medeiros que a LFO, a Tom Waits que a Todd Terry. De ahí Coil sí que no se escapan. España entra en Europa, y las sustancias alucinógenas (léase ácido lisérgico, éxtasis u hongos varios) en el corriente sanguíneo de estos dos retorcidos ingleses. “Habíamos probado el LSD antes, claro, pero en la grabación del tema Further Black And Faster (Love’s Secret Domain, 91) reconozco que estábamos totalmente tripped out: recuerdo estar ante la mesa de mezclas alucinando literalmente, viendo cabezas colgando del techo, gente con hachas arriba y abajo...” Su devoción por el argentino Astor Piazzola y por sus esquizofrénicos tangos, por Dalí, por la numerología, por el arte medieval y por las leyendas de trovadores, duendes y doncellas llegan a su punto culminante a finales de los ochenta con el citado Love’s Secret Domain, un horror hecho audio, con un sentido del humor y de la ironía casi irritante. “Lo hacemos sin querer”, indicaba Peter, “es cierto que hay un punto de humor en nuestras composiciones, y eso encuentro que está bien, demuestra que nos lo tomamos en serio. Aunque si hay momentos en que llegamos a un extremo casi sardónico, como dicen algunos, posiblemente sea porque, ahí precisamente, no hemos intentado bromear”. La ironía para defender a la ironía. Un punto sin retorno, como pensaron algunos. Un punto que alcanzó su clímax al hacer un cover de Tainted Love (lo tenían hecho ya en el 84, pero lo desempolvaron para la ocasión): la MTV no quiso emitir el videoclip, la interpretación que hicieron de ella en un festival anti-SIDA fue cuestionada por la organización del evento por su moral totalmente ofensiva y el MoMA (el Museo de Arte Moderno de Nueva York) expuso el clip en una de sus salas por su capacidad visual transgresora e innovadora. Miren por donde, la herida ya no sólo sangraba. Quemaba.


The Coil Reconstruction Kit Disc Two

Alguno se va a preguntar de dónde viene tanta capacidad visual y transgresora, tantas ganas de tomar drogas y hacer experimentos con samplers y sintetizadores. Christopherson se muestra opaco, no revelando ningún dato sobre su niñez, pero a John Balance se le pilló bien pillado. Siendo él un mastuerzo de once años, salía de la escuela para ir, normalmente, a casa de un compañero de clase. No se ponían a leer ni revistas porno ni tebeos de superhéroes, sino que se dedicaban a alquilar en la biblioteca local libros de magia negra para leerlos en el cuarto trastero. Cierta vez el padre del amigo de Balance volvió pronto del trabajo, y les pilló haciendo un conjuro con velas negras. Asustadísimo, el hombre fue a hablar con el director de la escuela, que sin remilgo alguno echó a John de patitas a la calle. Si la situación es divertida, que hasta cierto punto lo es, más divertida les parecerá cuando les diga que el padre del chico en cuestión era un conocido actor inglés habitual en las producciones de carne y hueso de la Disney, David Tomlinson. Los más listos y los que hayan visto Herbie Torero, ya sabrán, a estas alturas, que era ese actor de risueño bigotito que interpretaba al padre de los niños que cuidaba Julie Andrews en Mary Poppins. El mundo, ya saben, es un pañuelo. Y al final, ¿qué queda incrustado en ese pañuelo? Mocos, lágrimas, suciedad, miseria, oscuridad: Coil.

Marc Piñol

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